miércoles, 12 de septiembre de 2012

Visita al Thyssen: Edward Hopper


Después de una larga cola y recién entregados los tickets, nos abren paso a la selección de obras del pintor estadounidense Edward Hopper que el Thyssen aloja desde el mes de junio. 

Habitaciones junto al Mar, 1951
En la primera pared encontramos una serie de réplicas a menor escala de algunas de sus obras, entre lienzos y fotografías, que acompañan una pequeña biografía de su vida y sus trabajos. Ya aquí me llama la atención una de ellas, Habitaciones junto al mar. Por el tamaño de la replica y por la increíble afluencia de visitantes en los últimos días de la exposición, no puedo observarla con detenimiento. Pero ya en casa, y gracias a Internet, empleo unos minutos para fijarme en los detalles. Si algo cautiva mi atención es que no es extremadamente detallista; es una habitación, sí, pero prácticamente la totalidad del cuadro la ocupa el tabique que separa una habitación de otra. Analizando la imagen con lentitud he llegado a la subjetiva conclusión de que la luz es uno de los elementos más importantes de la obra. Durante la contemplación del cuadro, la sensación ha sido verdaderamente esclarecedora, relajante e incluso de rebeldía; y es que me transmite ansia de libertad. El hecho de que no haya pintado una puerta, un cristal o una ventana acerca dos "mundos" que podría considerarse que están separados, el del interior de una vivienda y el mar, símbolo de la naturaleza, la libertad, la vida en sí misma.


Avanzamos en la exposición y vamos viendo más obras. Así, me llama la atención la técnica que predomina en todos ellas. Desde mi joven e inexperto punto de vista, encuentro que los trazados no son exactos, perfectos, y que emplea numerosas tonalidades pero casi siempre creando imágenes muy vivas, llenas de color. Este rasgo me ha resultado especialmente interesante en aquellas obras que incluyen el mar, como en el caso de Blackwell's Island. Y es que he encontrado verdaderamente impactante la verosimilitud con la que representa el mar, creando una pintura que casi parece poseer relieve, tener su propia textura. 

Blackwell's Island



Puesta de sol ferroviaria
Hoy he recordado algo que el profesor Burgaleta dijo en clase la semana pasada. Hablando de visitar exposiciones, diferenció entre aquellas personas que visitan una exposición prestando atención a cada obra, leyendo el título y examinándola con detenimiento, de aquellas otras que entran en la sala y se paran en sólo esa que les llama la atención, que les impacta. Es lo que creo que ocurre con la obra Puesta de sol ferroviaria, y probablemente se deba al tratado de la luz. Todos hemos observado en numerosas ocasiones cómo se tiñe el cielo de tantos colores cuando llega el atardecer, desde narajas, rosas, amarillos a azules más y menos oscuros. En esta obra da la paradójica sensación de que el autor pretende restar importancia a lo que encontramos en primer plano, lo que sería la estación ferroviaria, empleando tonalidades oscuras y técnicas de sombreado para ello. El cauteloso detalle con el que trata el cielo llama poderosamente la atención sobre lo demás, centrando la atención del espectador sobre el mismo. 


Una vez más, me asombra el hecho de que una obra pueda hacerte sentir, emocionarte; es lo que considero que Edward Hopper logra con muchas de sus ideas y con su manera de reflejarlas sobre el lienzo. 

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